7.7.14

Droga literaria, Ciudad H y robos

(Texto y fotografías: Laura Muñoz)


Droga Scarrow

Colgar las cuerdas de una eléctrica que llevaba haciendo ruido diez años en una banda de rock y conseguir que siga sonando. El run run. Otro. Sí se puede. Lo hace Alex. Lo hizo, hasta que fue consciente que sin un apoyo discográfico fuerte, su banda universitaria no tendría futuro. Dejó a un lado la industria de la música para dedicarse al arte gráfico y, después, al diseño de juegos de ordenador. Arrancó su carrera literaria como guionista, pero de nuevo la dificultad de hacerse un sitio que le permitiera (sobre)vivir. Así, y alentado por la intención de apartar a su hijo Jacob de la videoconsola, comenzó a escribir una serie de ciencia ficción dirigida al público joven.

Tanta repercusión han tenido y tanto interés han despertado estas series de scifi que, actualmente, ya no es real encasillar sus novelas entre el público adolescente. Porque Time Riders se ha colado entre el público lector, narrando diferentes viajes en el tiempo de tres jóvenes: Maddy a punto de morir a bordo de un avión en 2010, Liam que es rescatado del hundimiento del Titanic en 1912 y Sal que es rescatado de un terrible incendio en 2029. Así, enfrenta los estados temporales con las circunstancias personales y emocionales de sus tan dispares personajes. Las Torres gemelas de Nueva York o los últimos días de Hitler en la Alemania mas nazi son los escenarios que Scarrow quiere que sus chicos "solucionen". En la serie están los elementos necesarios para que se convierta, como ha ocurrido, en vicio: acción, sorpresa y una tensión que, por momentos, ahoga. Con una estructura a partir de capítulos cortos y con rápidos saltos en cuanto a personajes, época y lugar hace las veces del chute de la droga necesaria que Scarrow ha querido crear. Incluso Jacob, su hijo, ha sucumbido y espera que su padre finiquite la novena y última entrega de la serie.


Qiu Xiaolong 

Xialong reside con su mujer e hija en St. Louis, aunque hace escapadas dos meses al año para documentarse y no perder el aroma del ambiente que imprime en sus thiller. Creador del inspector jefe Chen Cao, que traslada al lector a sus calles, cultura y política. Una realidad social de la China moderna en una complicada transición que araña su país, donde originalmente ha sido publicado aunque bajo censura: incluso se cambió el nombre de su ciudad por el de "ciudad H". Ya saben: "Por si acaso".

"El enigma de China" es la última entrega de esta serie policiaca. En ella se enfrenta a la especulación inmobiliaria, se plantea su lealtad al Partido, teniendo como telón de fondo la difícil relación entre las autoridades chinas e internet. La extrema pobreza que convive con los nuevos empresarios chinos son las heridas cicatrizadas, pero visibles, que narra Qiu con una precisión tan intensa como la realidad.

Y la comida. Sus restaurantes favoritos. Las sensaciones. Incluso se atreve a crear un nuevo concepto: los platos crueles. Estén atentos y detecten los suyos. 


 Jesús Duva y Dani el Rojo

El curioso doblete del que busca la verdad del delito y del que, en su momento, los cometió. Un empaste, por extraño que parezca, que funciona a la perfección.
Jesús y Dani. Duva y Rojo.

Los niños robados.

El niño que robó a los bancos.

Reportero de información laboral, jefe de sección de sucesos y asuntos del interior, Jesús Duva presenta en esta XXVII Semana Negra "Vidas robadas". Una rigurosa investigación periodística, escrita a cuatro manos junto a Natalia Junquera, que trata de dar luz y visibilidad al robo de niños en España.
Duva trae a Semana Negra el horror de los casos de adopciones irregulares ocurridas en España desde que terminó la Guerra Civil y hasta los años noventa. Un libro repleto de testimonios de madres a las que se les arrebataron sus hijos e hijos que buscan a sus madres biológicas, intuyéndose robados. Escalofriante y de rabiosa actualidad, Jesús y Natalia ofrecen una visión objetiva, y cero ficcionada, de una realidad que camina entre nosotros.

De hijo de familia normal, quiere decir no desestructurada ni con necesidades, a la imputación de 500 delitos de atraco a bancos. No se queda ahí, Dani Rojo ha sido politoxicómano. Ahora rehabilitado. Ahora biografiado. Ahora enseñando lo que NO tienen que hacer. De la negación a dar tirones de bolso, como era habitual entre los robos mayoritarios de Barcelona, decide internarse en tramas reales de atracos a entidades bancarias que tan desprovistas estaban (y están) de medidas de seguridad.

Se llama Daniel Rojo. Se le conoce como Dani El Rojo. La policía lo ficha como "el millonario". A través de su experiencia en el mundo de las drogas y habiendo sido un gánster de los setenta, Rojo ha dado vida a dos novelas. Tuvo todo a mano: la experiencia, el momento y todo el tiempo necesario para pensar en la trama durante sus catorce años de internamiento en la cárcel Modelo. Fue en esas cuatro paredes que desarrolló el vicio por la lectura mientras luchaba por desengancharse de las drogas.

Y ya dos novelas. A punto de salir la tercera. Con una rapidez extrema, Daniel ha sido publicado por Planeta bajo la premisa y contrato de una trilogía. Primero La venganza del tiburón y poco más tarde El secuestro de la virgen negra.

A pesar que sus primeras incursiones en la literatura fueron de la mano de Lluc Oliveras y como personaje principal, una advertencia de mano del autor: "No soy Hugo". Ustedes ya me entienden…


Inevitablemente, llega la tarde. Con ella las presentaciones en las carpas situadas sobre el terreno del antiguo naval. Encuentro, A Quemarropa y la recién llegada Bibliotecas. Y esto se disfrutó.














Y el tercer espejo. Go!

El paraíso es un lugar central al que las almas de todos los hombres llegan por caminos diferentes; cada secta tiene su ruta particular.
Napoleón Bonaparte

Reproducir a antojo el escenario ideal para escribir y que funcione, ¿cómo sería?

José Luis Correa: Al aire libre siempre. Con una ligera brisa. Un chupito de Chartreusse. Un puro habano. Y el mar cerca.
Santiago Rocagliolo: Ya lo tengo: un estudio en un quinto sin ascensor, ni tele, ni espacio ni vistas. Es tan aburrido que te obliga a trabajar.

Pablo Sebastiá: Me encantaría escribir una novela desde una cabaña de madera (con todas las comodidades, por descontado) colocada en lo alto de un gigantesco árbol centenario en medio de un inmenso bosque canadiense. ¿Conoces un lugar así? Aunque no me desagradaría tampoco escribir desde un cómo apartamento frente a Central Park, en Nueva York. O junto a la torre Eiffel, en París. Si el lugar vale la pena, me amoldo a lo que tengas.

Marcelo Luján: El sueño de todo forastero es una ciudad nueva e inexistente, una ciudad imaginada que recoja todo lo bueno y todo lo malo de las dos ciudades de su vida: la que nació y la que lo hace eternamente forastero.

Horacio Convertini: Una sala con grandes ventanales que dan al mar en una casa vacía, a pocas cuadras de donde está mi familia. También a tiro de caminata, un bar que sirva buen café expreso y un pub que tenga los mejores whiskies single malt.

Carlos Zanón: Habitación sin libros, clima frío fuera y agradable dentro. Una cama, una silla, una mesa, un tocadiscos.

Casimiro Torre González: Una cálida cabaña en Caín (Picos de Europa). Nieva,  todos los aparatos electrónicos funcionan, un cohíba behike y un buen wiski. Suena música de saxofón y estoy con la mente llena de buenas ideas. ¡¡Plafff!! Adiós sueño, se me acaba de caer la ceniza del habano entre las teclas del PC…

Paco Gómez Escribano: Una buena mesa ante un ventanal desde el que se pudiera ver el mar. Que lloviera sin parar. Bebidas y cigarrillos. Música española: Rock'n'Roll, años 80, a poder ser Burning.

Gabriela Cabezón Cámara: Cualquiera que tenga luz y un clima agradable y ninguna presión.

Valerio Bindi: un posto dove ti puoi dimenticare che esiste il mondo e il mondo può
dimenticare che esisti tu. E la fatica di ricordarlo è scrivere.

José Carlos Somoza: Los escritores principiantes casi siempre responden a esto diciendo: "Un lugar solitario, aislado..., etc" Pero, conforme uno va teniendo edad y experiencia, comprende que el escenario ideal para escribir no es el más o menos solitario, sino aquel donde NO hay problemas. Según esto, quizá la muerte sea el escenario ideal para escribir... Seguro que voy y lo compruebo algún día.

Alberto López Aroca: El mismo que tengo ahora, pero con una mesa el doble de grande y un ordenador nuevo, que no se cuelgue a cada momento. Y ¡por Dios, con un Word que no dé errores! ¡Sólo pido eso! ¿Acaso es tan difícil? (Eso sí que es creer en algo imposible...)

Ana Colchero: Río en Ipanema

Paco Roca: Sería un lugar tranquilo y luminoso. Urbano. Con un gran ventanal con vistas al mar.

Elia Barceló: Un jardín en un buen día de primavera o verano, con la luz del sol filtrada por las hojas de un árbol muy viejo y algo de agua cerca, una alberca, un riachuelo, un estanque... Ahí una mesa, una silla y mi ordenador. O, para otro tipo de historias, el estudio en penumbra, y lluvia o nieve tras los cristales, con unas velas encendidas, unas flores, y la casa silenciosa o una lejana música de piano o de saxo.

Alexis Ravelo: Un ático lleno de libros que da a la avenida de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria. Con una cafetera cerca y tabaco.

Víctor del Árbol: A las seis de la mañana amanece sobre un mar turquesa. Hay una casita con una terraza al horizonte. Un cielo de plomo de bajo. Mis grandes perros juguetean a mi alrededor, el paquete de cigarrillos por empezar. Un boli con punta de gel y una página en blanco, junto a una antología de Lorca. Y ella, leyendo mi borrador en la playa con los pies enterrados en la arena mientras suena música de Miles Davis.

Jesús Cañadas: El que es: mi casa, con la misma lamparita y el mismo mac con los que escribí mi tesis. A las once de la noche, en fin de semana para no tener que levantarme temprano al día siguiente, una cafetera lista y muchas horas de diversión por delante. Y mi chica roncando en el dormitorio.

David Llorente: Una cafetería en la que hace mucho calor y siempre hay un murmullo.

Miguel Ángel Molfino: Es un puerto de muelles viejos, entre grandes y chirriantes grúas, junto al río Paraná.

Carlos Salem: Mi casa.Con los balcones abiertos y el ruido de la vida pasando por la calle.

José Luis Muñoz: Suena petulante, pero ya tengo uno. Éste. En donde estoy. Rodeado de valles, montañas y ríos y sin más ruido que el balido de las ovejas o los mugidos de las vacas. Lejos del mundanal ruido, extraordinaria novela y no menos extraordinaria película. Eso o una isla del Pacífico Sur.

Javier Diez Carmona: Muy simple. Una mesa y un portátil. A poder ser sin ruido de vecinos, obras, televisiones, niños o vehículos. No hace falta más.

Nerea Riesco: El hotel Boulderado, en Colorado. Con una botella de Dom Perignon y un cigarrito para celebrar la palabra “Fin”. Si le servía de inspiración al escritor de Misery para elaborar grandes éxitos…

León Arsenal: Dame costa o montaña o campo. Para mí escribir es parte de la vida y no soy capaz de aislarme para escribir, al contrario, ha de engranar con mi día a día.

David Yagüe: Con una gran ventana con vistas para que los ojos vuelen. 

José G. Cordonié: Similar al que tengo. No pido mucho. Una mesa, un ordenador, lápices, cuadernos, música y un café o una cerveza, dependiendo de la hora.

Felicidad Martínez Herrero: Uno con mucha luz natural. Y si por fin pudiera tener siempre la mesa despejada... no me creería que es real, para qué engañarme.

José Ramón Gómez Cabeza: El que tengo en mi buhardilla cada día, no conozco otro.

Alicia Andrés: Una cabaña pequeña, en un claro del bosque. Algo así como ese refugio de madera que Henry David Thoreau construyó para liberar su pensamiento, acompasarlo al ritmo de la Naturaleza, que no deja de ser el nuestro. Sueño desde hace tiempo con ese pequeño hogar donde no habría más distracción que el paso de las estaciones y la contemplación de su huella. Creo que esa soledad es la mejor manera de reencontrar las palabras que todos llevamos dentro.

Carolina Solé Terrado: Una casa de madera en medio del bosque, confortable, con ventanales y buenas vistas, chimenea y un supermercado bien surtido a unos cinco kilómetros, como incentivo para la caminata diaria.
(Aunque, para escribir también me gustan los Starbucks, excepto en hora punta.)

Juan Miguel Aguilera: Un agujero muy pequeño, sin ventanas. Como la madriguera de un conejo pero con una conexión rápida a internet.

Berna Gonzalez Harbour: Un buen café en la madrugada, el mundo entero duerme y te espera el portátil, no importa dónde. Al lado, la libreta en la que has ido tomando apuntes la tarde anterior. Convertir esos garabatos sueltos de médico en algo perdurable y con sentido puede ocurrir en la cocina, en un cuartucho, en un aeropuerto o en un hospital. El escenario ideal es solo tu mente despejada.

Pedro Tejada Tello: Cualquiera en el que no hubiera vecinos molestos (de esos que ponen la televisión o la radio a todo volumen).

Carmen Moreno: Un estudio amplio con un gran ventanal que mire al mar. No a la playa, al mar.

José Ramón Alarcón: La fructífera incomodidad de un populoso bar de barrio, de anacrónica estética de aluminio y aceites, a la hora del vermut.

William C. Gordon: La verdad, donde lo hago. Un cuarto donde hay silencio, están mis libros, las fotos que he tomado y cuadros que me han regalados mis amigos artistas.

Noemí Sabugal: El escenario ideal para escribir está en el coco. Éste siempre debe estar despierto y limpio de contaminación exterior (gente, trabajo, gente). Por lo demás, una casa vacía y silenciosa, una mesa bien iluminada, el portátil y una taza de café.

Milo Krmpotic: Depende del manuscrito. En el caso del último, El murmullo, Henry James. Por Otra vuelta de tuerca y para que me diera consejos sobre el punto de vista.

Lorenzo Silva: Es un poco bestia, pero a mí me gustaría terminar un libro en lo alto del gran templo de Tenochtitlán, convenientemente reconstruido el templo en cuestión y restituidos el lago y la ciudad a su estado original. Naturalmente, sería una novela sobre Cortés, ese español homérico, quimérico y famélico (como buen español: los nacidos en la piel de toro, para bien y mal, no hemos tenido mejor ni más feroz motor que el hambre ancestral).


Esto es la Semana Negra ¡y sigue!

6.7.14

Feedback

(Texto y fotografías: Laura Muñoz)

Bienvenidos a bordo
Madrid - Lima - Nueva Zelanda


Se inauguran las ruedas de prensa de la XXVII edición de Semana Negra con un tema que hace, espontáneo, de columna vertebral. Se cuela en la conversación que mantienen, junto a Ángel de la Calle, los autores de novela negra Berna González y Santiago Roncagliolo. Ella dice no parar de aprender de los cimientos y escuchas y él añade que buscar la estructura en una novela es como “desmontar un reloj”.




Berna González

Berna es santanderina. Periodista. Alumna y docente en esto de crear. Utiliza la retroalimentación para seguir progresando y le da una importancia suprema a la estructura y, en sus lecturas, intenta “buscar las costuras que siempre deben aparecer en las novelas”.
Se estrenó como novelista de género policial con “Verano en rojo”, que editó RBA en 2012. Ubica la trama en Madrid, es verano y corre el 2010. Alguien sin documentar y muerto. Asesinado, exactamente. Aparece la comisaria María Ruiz para enfrentarse al crimen. Está complicado: aparentemente sin pistas, un muerto sin nombre y el mundial que atrapa la mente de la sociedad mientras pasan tantas cosas... Por suerte, está su compañero Luna. Y gracias que también está Tomás, que nada por las redes sin la necesidad de superficie para respirar. González liga el enigma de la investigación con el de la selección española en Sudáfrica durante el mundial de fútbol.
Tras dos años, la comisaria Ruiz vuelve a tomar forma a través de las manos de Berna con  “Margen de error”, que comenzó a perfilar durante la puesta de largo de “Verano en rojo”. En esta ocasión, los suicidios en una multinacional coinciden con las protestas protagonizadas por los indignados. El parque de El Retiro de Madrid y un cuerpo inerte entre los setos. Ruiz acaba de recuperar fuerzas tras un fuerte cuerpo a cuerpo y pone todo su instinto y energía en resolver, junto a Luna, este macabro hallazgo. Pero las heridas duelen. Ruiz sufre. Y la pelea. No tiene más remedio que enfrentar su salud e intuición para salir viva de este combate que (re)presentan desigualdad y codicia.

Piensa, al igual que Ángel de la Calle, que hay una diferencia entre autores actuales, que evolucionan rápidamente, y la de los años 70, cuando el género en España comienza a arrancar. La novela de Berna es, sin duda, imagen y representación del crecimiento literario de rápido avance.
Cada lectura, dice la autora, aporta conocimiento: las preocupaciones de una sociedad, sus comidas, los riesgos literarios, las estructuras nuevas. Intenta buscar las costuras que siempre deben aparecer en las novelas. Sabe que todo está basado en el ejercicio, no es el fin en sí mismo sino el camino durante la creación lo que realmente importa y hace crecer. Escribir es aprender, evolucionar y eso siente: el feedback ayuda, Gijón es un “chute de energía”. 

Santiago Roncagliolo

Vive en España aunque nació en Lima. Además de publicar crónicas basadas en la vida de personajes como el poeta Enrique Amorim o el terrorista Abimael Guzmán, escribe habitualmente para El País Semanal y ha publicado tres novelas de humor: “Pudor”, “Óscar y las mujeres” y “memorias de una dama”. “Tan cerca de la vida” y “Abril rojo” son sus thriller.


Ahora, trae a Semana Negra su última publicación, retomando historia y personaje (Félix Chacaltana) en “La pena máxima”. 1978 en Lima. Las calles de la ciudad son espectadoras de la persecución y asesinato de un hombre que porta una misteriosa mochila. Lo sitúa en 1978 y lo ubica en Lima para asegurarse que la ciudad está desierta y postrada ante sus televisores: la selección peruana se juega mucho en el Mundial de fútbol de Argentina.
Fútbol, lucha por sobrevivir, muerte y política conviven en este absorbente thriller, al igual que la reaparición de sus personajes después de ocho años en stand by.


Sara Lark

Segunda rueda de prensa y tercer encuentro con los medios al filo del mediodía. Unos ojos azules observan, brillantes, a la prensa asistente. Con más de dos millones de lectores en todo el mundo. Contenta, jovial y con ganas de contar. Está acompañada por Juan Bolea que no esconde su admiración hacia los textos de la autora.


Christiane Gohl es una escritora alemana que escribe bajo los pseudónimos de Sarah Lark, Ricarda Jordan o Elisabeth Rotenberg. Llámenla como quieran. Gohl publica sus bestseller bajo estos diferentes pseudónimos y vaya usted a saber quién vino hoy a presentarse… 
El caso es que sus editores decidieron que era mejor idea cambiar de identidad porque Christiane estaba siendo reconocida como ”la mujer de los caballos” por los más de 150 libros publicados sobre equitación.
Gohl siente debilidad por Nueva Zelanda, donde ha situado muchas de sus novelas, con tramas basadas en la cultura de los maoríes. Casi por “obligación” ha creado series de trilogías. Todo empieza con “El país de la nube blanca” (Ediciones B, 2007) y el gran pellizco sufrido por sus lectores. No podía ser que este gran éxito de ventas se quedara sólo. Que no continuaran los paseos de la mujer protagonista.
Con “Hacia los mares de la libertad”, su última novela, regresa a Nueva Zelanda, mostrando la estructura de una saga familiar durante la colonización de Oceanía. Con ella, recupera el espíritu de “En el país de la nube blanca”, novela con la que se presentó en el escenario literario de nuestro país.

Esta prolífica autora declara escribir diez páginas al día, por lo que en tres meses tiene, prácticamente, el primer borrador de una novela completa.


Y ahora sí. Segunda jornada de nuestro mundo paralelo. Las respuestas a la segunda pregunta planteada desde el universo Carroll. Alicia vuelve a revolotear.


Si hay un secreto del buen éxito reside en la capacidad para apreciar el punto de vista del prójimo y ver las cosas desde ese punto de vista así como del propio.
(Henry Ford)


Entrar en la mente de tu autor/a de referencia, ¿quién y para qué?


José Luis Correa: En la del Cortázar cuentista. Para captar su capacidad de dar la vuelta al mundo.

Santiago Rocagliolo: Yo entraría en la de Philip Roth, sobre todo por morbo ¿de dónde salió Sabbat, el titiritero maniaco sexual? ¿Y el líder anti sionista con implante de pene de Operación Shylock? ¿Y la idea de convertirse en teta para El Pecho? Dios, esa mente sería como un día entero de canal porno.

Pablo Sebastiá: Me gustaría entrar en la mente de Julio Verne, para saber si realmente fue un adelantado a su tiempo o, para regocijo de las mentes más inquietas, un viajero quién sabe de dónde o de cuándo que se instaló en el lugar y momento perfecto para hacer soñar a la humanidad. 

Marcelo Luján: Son muchas las referencias porque, de algún modo, escribir ficción es poner a prueba la suma de todos los plagios. Pero me gustaría saber cómo funcionó Juan José Saer mientras escribía, por ejemplo, El limonero real. 

Horacio Convertini: ¿Quién? Varios: Pablo Ramos, Simenon, Greene, Vargas Llosa, Selva Almada y siguen las firmas. ¿Para qué? Para robarles el chip.

Carlos Zanón: John Updike. Para ver cómo lo hacía.

Casimiro Torre González: Hubiera entrado en la mente de Gabriel García Márquez, para secuestrarle al genio que vivía  en su cerebro.

Paco Gómez Escribano: Luis Gutiérrez Maluenda. ¿Para qué? Está claro, para ver cómo coño se le ocurre escribir las maravillas que escribe.

Gabriela Cabezón Cámara: Me gustaría entrar en la de Shakespeare un rato; me fascina su capacidad infinita de contar historias con alto lirismo siempre.

Valerio Bindi: Pasolini. Avrei voluto andarmene a spasso con lui. Matto e disperato
tra la Tuscolana e la Casilina. In mezzo ai nomadi. Vedere quel mondo mentre diventava questo, con quella luce e quella fotografia. Sarei andato con lui a cercare di capire che cosa avevano fatto delle mie pellicole quelli che le avevano rubate. E temo di sapere che le loro mazzate non mi avrebbero spezzato il cuore come fece la loro retromarcia.

José Carlos Somoza: Entrar no entraría en la mente de nadie. Las mentes por lo general son lugares insalubres y poco oxigenados con olor a urinario público, más aún la de un escritor.

Alberto López Aroca: En la de Alan Moore, para saber de una puta vez cómo termina su inconcluso “Big Numbers”.

Ana Colchero: Zola; para plagiarlo

Paco Roca: Estaría bien entrar en la cabeza de Miyazaki. Poder comprender cómo se plantea las historias, el aspecto visual y cómo convierte en interesantes y poéticos los relatos cotidianos.

Elia Barceló: Julio Cortázar, claro. Más que nada para comprobar si es verdad que coincidimos en tantas cosas como yo creo desde fuera.

Alexis Ravelo: Entrar en la mente de Cortázar para pasar un día viendo cronopios.

Víctor del Árbol: Albert Camus. Quiero saber cómo se ve el mundo sin raíces desde tus ojos. Quiero saber qué sentías al recorrer Argelia, cómo mirabas a tu madre en aquella casa oscura, notar la emoción en la boca del estómago el día que le dedicaste tu Nobel. Querría ver cómo fue tu última visión antes de estrellarte contra aquel árbol y saber si acababas de fumar el último pitillo sin ser consciente de que lo era.

Jesús Cañadas: Autores de referencia tengo muchos, y autoras también, pero probablemente me metería en la cabeza de Chuck Palahniuk, a ver si me pierdo dentro. O de Cormac McCarthy, para saber cuántos golpes de yunque le dio a Meridiano de Sangre antes de tenerla lista.

David Llorente: No tengo ningún autor de referencia. Pero me habría gustado saber cómo se las arreglaba Lou Carrigan para escribir una novela cada dos semanas.

Miguel Ángel Molfino: Visitaría la mente de W.Faulkner para deambular por sus mundos absolutamente fascinantes

Carlos Salem: Nadie y para nada. No quiero que se me caigan los ídolos. Ya he escrito y publicado lo suficiente como para saber que los autores podemos hacer cosas maravillosas en el papel y ser unos miserables en la vida.

José Luis Muñoz: Como John Cusack entraba en la mente de John Malkovich, José Luis Muñoz entraría en la mente de Robert Louis Stevenson. Stevenson, como Poe, London o Conrad, me inició en la lectura en aquellos tiempos lejanos en los que cogía un libro con auténtico placer y me evadía de la realidad. Aunque su vida fue corta, y anduvo siempre mal de salud, viajó mucho, y en eso intento emularle. Le observaría mientras escribía “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, le acompañaría hasta Samoa, su último destino. Además, de joven, tenía un cierto parecido con él.

Javier Diez Carmona: No se si tengo un autor de referencia o tengo un montón. Pero puestos a entrar en una mente, en la de H.P. Lovecraft, a ver de dónde sacaba sus monstruos. O para saber qué fumaba.

Nerea Riesco: Gabo. Porque quiero que (a veces) la vida deje de ser como es, y que sea como él la recordaba. 

León Arsenal: No tengo. Tengo un montón de obras de referencia pero carezco de ese culto al autor que lleva a leer y atesorar ciegamente toda la obra de determinados escritores. 

David Yagüe: ¿Un solo autor de referencia? Imposible, pero habrá que lanzarse. En este instante, me adentraría en la cabeza de James Ellroy, con temor a lo que puedo encontrar allí, pero con la sana curiosidad de descubrir sus secretos de artesano de las historias, su dominio de la más sencilla complejidad.

José G. Cordonié: Es difícil pensar en sólo autor y entrar en su mente, pero quizá me adentraría en la mente creativa de Kafka o de Philip K. Dick, para conocer cómo nacen las ideas, cómo se distorsionan y cómo se crean mundos paralelos.

Felicidad Martínez Herrero: No tengo un único autor favorito, pero de querer entrar en la mente de alguno, solo tendría que abrir uno de sus libros y leer.

José Ramón Gómez Cabeza: No son mis autores de referencia, pero me metería en la mente de alguno de los bestselerianos del norte, Dan Brown o algún otro por el estilo para conocer sus claves bancarias, evidentemente.

Alicia Andrés: Julio Cortázar, que precisamente es el homenajeado en esta edición de la Semana Negra. Entrar en su mente como quien atraviesa un espejo sería el comienzo de un viaje infinito. Jazz, azar, ingenuidad, paradoja. Si traspasase esa frontera me quedaría para siempre deambulando por las calles de París, persiguiendo la casualidad de un encuentro con la Maga o cruzando pasajes que desembocan, por arte de magia, en cualquier plazuela de Buenos Aires. En ese país llamado Julio la realidad sería tan solo una palabra.

Carolina Solé Terrado: En este momento dividiría el tiempo entre George R. R. Martin y Stephen King. Sus conexiones neuronales para inventar y construir tramas e historias deben de ser fascinantes. Ver y comprender cómo funcionan sus mentes, tomar notas, para eso entraría, para aprender. (Pero la lista de referentes en los que me gustaría entrar es larga, y los primeros puestos cambiarían en función de lo que estuviese escribiendo.)

Juan Miguel Aguilera: No tengo un solo autor de referencia, mucho me han influido en diferentes épocas de mi vida, y creo que leyendo sus libros es la forma perfecta de entrar en sus mentes. 

Berna Gonzalez Harbour: Entraría en la mente de Melville, me tentaría contarle que todas las explicaciones sobre las ballenas hoy se las puede ahorrar con unos buenos enlaces en Internet, pero me arrepentiría antes de abrir la boca, claro. Entonces solo le preguntaría qué buscaba tan lejos de casa, en la mar.

Pedro Tejada Tello: Max Aub, porque supo aunar ética y estética.

Carmen Moreno: Dos autores en mi caso y no podría elegir sólo uno. Uno es Cortázar. Me encantaría ver cuál era su modo de creación, cómo veía el mundo, cómo se reía de las cosas, cómo le dolían. El otro es Lorca. Me gustaría saber que se siente en la cabeza de un genio capaz de tanto amor, de tanto odio. Un homosexual en esa época, un “rojo” de familia bien que creía en el derecho al acceso a la cultura para todos.

José Ramón Alarcón: Francisco Umbral, con el propósito de procurar una síntesis de su perspectiva biográfica, a través de los urinarios de gran Café, la tos y tinta/ de las redacciones de periódico y los vermuts del Madrid diurno/nocturno durante el último tercio del s.XX.

William C. Gordon: La verdad tengo varios y la razón es la misma para todos. Saber cómo han creado la historia y el modo en que la adecúan a su tiempo. Todos los grandes han hecho la misma cosa. Vea a Chaucer, Shakespeare, Cervantes, Spencer (The seven deadly sins) y muchos mas.

Noemí Sabugal: Autores de referencia tengo tantos que, en el caso de entrar en su mente, sufriría de personalidad múltiple. Siempre intentamos entrar en la cabeza de los escritores que nos gustan y el motivo siempre es el mismo: aprender.

Milo Krmpotic :Vladímir Nabokov. Para pegarme un festín. Sería como poner a un troglodita a los mandos de un 747, una experiencia aterradora pero única.

Lorenzo Silva: Kafka. Para saber si era el excelso ser huano que pinta Gustav Janouch (quiero creer que sí, y que haya existido alguien así ya es esperanzador).

5.7.14

Alicia, veintisiete años no son nada

(Texto y fotografías: Laura Muñoz)

Se siente. Se deja palpar. Cumple veintisiete añitos y sigue tan guerrera como siempre. Quizá más. Multidisciplinar, de colores en su negrura, pisando fuerte sobre los terrenos del antiguo astillero Naval Gijón. Estamos en la XXVII edición de Semana Negra. Todo cambio y novedad, caras nuevas, letras lejanas y de casa. Llenando carpas blancas a las que ya uno se ha acostumbrado. Ya lo dijimos.
Pero antes de la carpa. Antes del terreno sobre el astillero. Antes, claro, de la mítica terraza de Don Manuel: el tren negro.

(Alicia en el país de las maravillas)




Desayuno multitudinario en el Hotel Chamartín. Apenas una hora para que arranque el convoy. La tinta del primer número de A Quemarropa impregnada sobre el papel prensa y listo para su distribución. Páginas centrales y de bienvenida firmadas, en esta ocasión, por el autor William C. Gordon. Argentina, Bulgaria, Uruguay, Austria. Los vuelos con retraso no han impedido que se repitan los abrazos multilingües. Todos acreditados y más que preparados. 
Las vías del tren vacías que un chirrío llena. Seis y siete son los vagones que ocupa esta horda de autores y prensa. Y arrancó. Fuerte. Joven. Con experiencia. Efervescente.

(Recuerden: Alicia en el país de las maravillas)


Media mañana y el camino se acorta. Primera parada: Mongolia. La revista. Sus redactores. La ironía hecha texto e imagen. La bofetada entre bigotes y barba. Mongoles que repiten Semana. Portada en exclusiva para los viajeros. Quieren contar la realidad de un país y lo hacen. Se ocupan de desmantelar las más vagas sospechas y sí: la ficción se vuelve realidad. Welcome to the jungle!

Kilómetros.

Momento pañuelo, sombrero y guitarra. Una suerte de organización que podría ser clandestina si no fuera porque quisieron ser descubiertos. Un ataque a todos los pecados capitales que el año pasado y aquí, desmantelamos. Carlos Salem, Escandar Algeet y Diego Ojeda invitan a la velada poética que tendrá lugar el sábado día 5 a partir de la media noche. Aquí sí empieza el lío. Uno grande. Y dicen: trae tus poemas y lee. Lee. Escucha. Porque hay Jam, después del espectáculo. Un bolo sin más precedente que el propio. Una locura de versos en la Carpa del Encuentro que hará que creamos un poco más en las palabras. En la lucha por contar lo que uno quiere contar. Sólo eso. Desnudos, dice Salem, alambicados.



Más kilómetros.

Canal de Panamá y la actualidad de su construcción. Mar Australe, dirigida en España por Ignacio del Valle, acompaña a Juan David Morgan, el primer panameño que asiste al festival. 

GIJÓN.

Bienvenida entre las notas de la banda musical. Don Manuel. Maletas. Maletas. Maletas.

(No se olviden: Alicia en el país de las maravillas)

Y el ayuntamiento en la plaza que espera a los autores. Que recibe a la prensa y que augura una nueva edición siempre mejor que al anterior. Con menos pero que quiere dar más.
Paseo y, al fin, inauguración con el corte de la cinta negra de la XVII edición. 


Porque sí: esto es Semana Negra ¡y sigue!





Ah! Cierto. Los paréntesis. El recuerdo. Alicia que ha perseguido desde hace días a los autores invitados. El conejo blanco que se cuela en sus bandejas de entrada. Y que ahora ha ocupado, aunque sea mínimamente, un espacio en su lectura. El misterio de Alicia, Aquí:



CREER EN COSAS IMPOSIBLES ANTES DE DESAYUNAR

La fantasía es un término psicológico que alude a una situación imaginada. La ficción se refiere a la simulación de la realidad. Si hablamos de literatura, existe el género fantástico, la fantasía épica o heroica... Al final: ficción. 

Lewis Carroll imprimió en su obra “Alicia en el país de las maravillas” una de las frases que más incitan a la ficción, la fantasía e incluso, a creer en lo imposible en este pasaje:

"Alicia se rió: "No sirve de nada intentar", dijo, "no se puede creer en cosas imposibles."

"Me atrevería a afirmar que no has tenido mucha práctica", dijo la Reina. "Cuando yo tenía tu edad, siempre lo hacía durante media hora al día. En ocasiones llegué a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno." 

Carroll basó su personaje principal en una niña real, con el mismo nombre, a la que solía observar e incluso fotografiar. Imprimió sus conocimientos, u obsesiones, de matemáticas en varios de los pasajes de la novela; el ajedrez es otro de los protagonistas, ya que Alicia gana en 11 jugadas: empezando por el conejo blanco y terminando con la reina. El sombrerero loco fue inspirado por los sombrereros de la época, que perdían al cabeza por la inhalación de mercurio y pegamento. La sonrisa del gato representa la separación de la realidad física de los conceptos matemáticos. Tal ha sido la repercusión de este hijo de Carroll que hasta hay personas que han desarrollado el síndrome Alicia en el país de las maravillas, percibiendo los objetos mucho más pequeños de lo que son y mucho más lejos de lo que están.

Semana Negra va, siempre, más allá. 

Así, una horda de autor@s invitad@s a esta XXVII edición de Semana Negra juegan la partida. Calculan. Pierden la cabeza. Cruzan el espejo. Una pregunta por día. Más de treinta autores hablando de las cosas imposibles en las que creen antes de desayunar.
Cuida los minutos, pues las horas ya cuidarán de sí mismas
Lord Chesterfield 


Controlar el tiempo. Atrasar o adelantar el reloj, ¿en que momento de tu carrera pulsarías “Stop”, "Rewind" y "FastForward”?


José Luis Correa: Yo regresaría a la emoción que sentí cuando acabé la primera novela. Se llamaba Me mataron tan mal y sigue siendo mi favorita.

Santiago Rocagliolo: Prefiero estar siempre en Play. Cada libro que escribo es el resultado de las anteriores y una preparación para el siguiente.

Pablo Sebastiá: Para mí todavía no ha llegado el momento ideal para pulsar "stop". No sé si llegará algún día ese instante, ese preciso momento, perfecto, en el que decir aquello tan manido de "que paren el tren, que me bajo aquí".  ¿Rewind? Es difícil, muy difícil, pulsar "rewind". ¿Fastforward? ¿Y para qué correr? El futuro está lleno de sorpresas y de momentos maravillosos por vivir, y dedicar tiempo a revivir el pasado o a correr hacia adelante no  parece muy inteligente. Creo que me quedaré con el simple "play" y dejaré que la vida me lleve. Todo a su tiempo. Sin prisas pero sin pausas.

Marcelo Luján: Hay que saber parar, saber rebobinar, y saber adelantar. Y hay que saber hacerlo en el momento preciso. ¡Qué difícil!

Horacio Convertini: “Stop”, en aquel llamado a casa, yo en El Salvador, solo en un hotel, y del otro lado la voz de Mariel: “Llegó un telegrama. Dice que ganaste...” “Rewind” para susurrarme: “No apures ese final. Trabajalo un poco más”. “FastForward” jamás. Al tiempo hay que dejarlo venir, como a las olas.

Carlos Zanón: ¿No vale REC y borrar todo?

Casimiro Torre González: Stop, ahora mismo. Estoy a punto de cumplir los sesenta y esto va muy rápido. Rewind, al año 2005. A partir de ahí, empecé a ser libre para hacer lo que me ha venido en gana. (Dentro de mis posibilidades claro está). Fastforward. Umm, muy pocas veces haría eso por razones obvias, si acaso adelantaría 24 horas cuando tuviera un día especialmente malo.

Paco Gómez Escribano: Stop: Nunca. Rewind: En cualquier momento si, y solo si, tuviera los mismos conocimientos que ahora. FastForward: Cuando veo que falta mucho para un acontecimiento importante.

Gabriela Cabezón Cámara: Yo vivo en modo FastForward todo lo que hago. Ahora estoy intentando el Stop para arrancar más lento. Rewind nunca.

Valerio Bindi: Spero il più tardi possibile di pigiare Stop. Nel frattempo alle volte mi chiedono un Rewind che faccio in FastForward. Non mi piace fermare l'orologio, era il Bianconiglio come me che in Alice diceva è tardi è tardi! e il Cappellaio Matto che ci parlava. Ecco più che fermarlo mi piacerebbe parlarci con il tempo. E aspetto sempre il momento in cui sull'orlo del buco nero che mangerà l'universo ancora una volta, ci affacceremo tutti sull'orizzonte degli eventi e vedremo lì, tutto insieme tutto il Tempo.

José Carlos Somoza: Nunca. La vida está hecha para vivirla de principio a fin, sin pasos atrás, sin saltos, sin paradas.

Alberto López Aroca: No sé. Pero el día que me muera pulsaré el “Stop”, no te quepa la menor duda.

Ana Colchero: El tiempo es incontrolable, como yo 

Paco Roca: Pulsaría Stop en el momento en que ya no hiciera mi trabajo con la misma ilusión que al principio.

Apretaría Rewind para rehacer alguno de mis libros que tienen partes que me chirrían.

Y le daría al botón de FastForward en alguno de los "bolos" en los que me veo metido últimamente.

Elia Barceló: Como soy un ser nostálgico, el Rewind lo tengo siempre conectado para seguir sintiendo el pasado, sobre todo para revivir los buenos ratos y sentir el alivio de que los malos hayan quedado atrás. El Stop podría usarlo casi en cualquier momento de felicidad. Hago mía la frase que mi abuela usaba en los brindis de las celebraciones familiares: “Siempre como ahora, y mejor cuando dios quiera.” La tercera opción, lo del Fast Forward no me apetece. Ya llegará lo que tenga que llegar. No tengo prisa en alcanzar el futuro; prefiero dejarme sorprender.

Alexis Ravelo: Pulsaría stop en 2013. Pulsaría rewind hacia 1999, cuando estaba a punto de publicar mi primer libro de relatos y todo era un camino hacia delante, por aquella inocencia y aquella confianza en que todo era más sencillo. Haría un fast forward desde 2011 hasta finales de 2012. Fue un año horrible en el que, aunque trabajaba mucho, pasé una racha muy mala, con pocas oportunidades de publicar o impartir talleres. Sin embargo, ahora que lo pienso, tampoco estuvo tan mal: aunque mi economía estaba más seca que los pies de Gandhi, pude dedicarme casi exclusivamente a escribir. 

Víctor del Árbol: Rebobinaría veinte años atrás, cuando escribía solo para mí pensando que mis historias solo debían interesarme a mí. Cogería toda aquella rabia plasmada en escritos secretos y la plasmaría en narraciones que me habrían traído mucho antes al presente. 

Jesús Cañadas: El botón de Stop lo sacaría con un destornillador y lo tiraría al mar. No me da la gana de parar nada, ni aunque esté a punto de pegarme una hostia contra un muro. Tampoco de rebobinar, aunque lo dejaría para regodearme en la tentación. Parafraseando a Matute, a veces lo he pasado muy mal y a veces muy bien, pero nunca me he aburrido. Lo mejor para controlar el tiempo es quitarse el reloj. Con el tiempo lo que hay que hacer es exprimirlo.

David Llorente: Stop: Después de escribir El bufón (mi segunda novela) me encontré vacío, sin nada que escribir. Pulsé el stop y me fui a vivir fuera de España. Literariamente funcionó muy bien.
Rewind: Daría para atrás para volver a vivir el instante de saber que has terminado una novela, y que te gusta lo que has escrito.
FastForward. Estuve ocho años sin poder escribir. Ese tiempo lo pasaría a toda hostia.

Miguel Ángel Molfino: Hoy es un gran momento personal pero no pulsaría "stop": lo que se avecina siempre es mejor.

Carlos Salem: Como escritor creo que el STOP es un botón que sobra. El REW me da miedo, porque me me acecharía la tentación de querer ser un autor de los llamados "serios", y acabaría aburriéndome a mi mismo. El FFW sólo lo usaría para ver si se cumple mi sueño de novelista, que es ver a un chino leyendo una novela mía en chino y descojonándose como un español o un francés o un italiano.

José Luis Muñoz: El stop lo pulsaría en el momento de poner la palabra fin a la última novela de mi vida. Pero primero tengo que saber que ésa es la última. Juan Madrid, amigo y colega, suele preguntarse cuántas novelas le quedan. El novelista vive de sus historias. Pero a la vez las historias viven de la vida. Yo creo que por eso seguimos viviendo la mayoría y somos reacios a la solución Hemingway. Rebobinaría una y otra vez cuando estuve escribiendo “La pérdida del Paraíso”, y eso que no era una novela negra sino histórica. Fue un momento de felicidad literaria absoluta. El FastForward en una presentación en Madrid de “Pubis de vello rojo” en la que permanecí un largo minuto, y qué largo se hizo el minuto para mí y los asistentes, sin arrancar a hablar a causa de esa timidez que me llevó a la escritura.

Javier Diez Carmona: Stop y Rewind son botones que no me interesan demasiado. FastForward ahora mismo.

Nerea Riesco: ¿Obsesionarme yo con el tiempo? Jamás… o quizás sí. Sí, ahora que lo pienso, puede que lleve tiempo dándole vueltas al asunto del tiempo y que de ahí haya surgido mi última novela que se llama precisamente Tempus (que ya se sabe que en latín las cosas suenan mucho más serias). ¿“Stop”, "Rewind" y "FastForward”? Para atrás no iría jamás, ni para coger carrerilla. Detenerme me resulta imposible y no tengo prisa por alcanzar el futuro; seguro que él termina por atraparme antes. Los viajes al pasado me los planteo como instrumento practico: documentación, y serían muy, muy, muy lejanos. 

León Arsenal: Creo que no lo haría en momento alguno. Las cosas están bien como han ido, aunque desde luego tentaciones tendría, pero al final uno es su propia historia y, si cambia esa historia, desaparece ese uno...

David Yagüe: Stop, nunca; Rewind, siempre, y FastForward en ocasiones. Pero para no caer en la tentación de la complacencia, de la búsqueda de una perfección imposible o de la curiosidad que mató al gato, dejemos correr el tiempo a su ritmo.

José G. Cordonié: Creo que el stop sólo lo pulsaría cuando termino una nueva novela. Es el momento de parar por un momento, dejarla a un lado. Entonces, llegaría el momento del Rewind, rebobinar sobre la obra, revisarla y revisitarla, para luego, finalmente, darle fuerte al FastForward, adelantar el tiempo y llevarla a la gente a través de la publicación.

Felicidad Martínez Herrero: Nunca. Prefiero vivir y disfrutar el presente, tanto para lo bueno como para lo malo; soñar con el futuro, aprender de errores pasados.

José Ramón Gómez Cabeza: La palabra clave es despúes, por tanto pulsaría esas teclas siempre después de un arrepentimiento, metedura de pata o pérdida de dinero, pero afortunadamente esa máquina del tiempo aún no existe y lo único que queda es reflexionar y aprender para volver a meter la pata.

Alicia Andrés: Pulsaría rewind y regresaría a mi época en la universidad. Recién llegada a Madrid para estudiar Periodismo, la ciudad era una fiesta a la que todos los cronopios estábamos invitados. Creo que en aquel momento no supe valorar la libertad sin lastres de los veinte años. Perdí mucho tiempo en laberintos sin salida y sería fantástico poder retomar ese hilo y volver a sentir aquella ligereza. Y sobre todo escribir, escribir, escribir.

Carolina Solé Terrado: Stop, solo al final. (¿Para qué pulsarlo antes con todo lo que queda por escribir, leer o vivir?) Un FastForward, cuando estoy tan metida en una historia que no me doy cuenta de que se me caen los párpados y necesito dormir. (En ese momento, esperar me da un coraje…) Y, como soy más de las de a lo hecho, pecho, un Rewind solo para ajustar algún tuit impulsivo que se me escapó al principio. 

Juan Miguel Aguilera: En el año 2001. Se hizo una película basada en un guión mío y disfruté de verdad de la experiencia. Pero nunca es tarde para repetirla.

Berna Gonzalez Harbour: Pulsaría stop cada mañana antes de que el mundo entero se pusiera en marcha. El rewind suele hacer daño. Y el fastforward, de momento, lo mantengo bien pulsado, no vaya a ser que la mecha se acerque demasiado.

Pedro Tejada Tello: No me gusta tanto anglicismo. Pero ni atrasar (que es arrepentirse), ni adelantar (que es perderse el presente).

Carmen Moreno: Creo que aún no ha llegado el momento de darle al “stop” y espero que nunca llegue. “Rewind”, quizá la primera vez que me publicaron, tenía 21 años y me hizo tanta ilusión que no puedo explicarlo. “FastForward”, hace unos cinco años, cuando estaba en crisis creativa por culpa de mis circunstancias personales. 

José Ramón Alarcón: En aquellos instantes o períodos de tiempo emparentandos con experiencias decisivas para su transcripción literaria.

William C. Gordon: La verdad es que siempre he estado en “FastForward” porque empecé a escribir cuando ya tenia 60 años. Eso no quiere decir que no tomo mi tiempo para escribir sino que no tengo tiempo para nada más que ir adenlante.

Noemí Sabugal: En una carrera siempre hay que ir hacia delante, nunca hacia atrás, y detenerse sólo el tiempo justo para tomar aliento. 

Milo Krmpotic: Mira que soy carrolliano, pero en este punto me puede la mentalidad zen. Todo lo que hay es el presente, y muta: el libro a punto de aparecer, aquel en el que estoy trabajando... El pasado es una narrativa; el futuro, una ficción.

Lorenzo Silva: A mí el tiempo me gusta como está. Cada momento tiene su ritmo y su sabor. Con que el caballo no me tire, me conformo.